Tenía muy mal carácter. Su padre le dió una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta.
El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que tratar de clavar clavos detrás de la puerta.
Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día. Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter.
Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta. Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo "has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves."
Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas le devastará, y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física.
viernes, 27 de diciembre de 2013
viernes, 20 de diciembre de 2013
Había una vez una cueva tapada por una piedra muy, muy grande. Las leyendas decían que dentro había un monstruo dormido.
El niño más infeliz de la aldea habría dado lo que fuera para dominar el mundo.
El niño le preguntó a un anciano: “¿Cómo puedo despertar al monstruo?”. El anciano lo contestó: “Tienes que llamarlo por el nombre de la persona más amada en el mundo”.
Precisamente ese día había una boda en el pueblo. Todos cantaban y bailaban felices.
El niño vio a los novios y pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada en el mundo!”
El niño fue a la cueva y gritó: “¡Mazenka! ¡Pepîcek!”, pero aquello no despertó al monstruo.
En la aldea había un hombre muy fuerte al que todos admiraban.
El niño pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada del mundo!”.
El niño fue a la cueva y gritó el nombre del hombre: “¡Jiri!”, pero aquello tampoco despertó al monstruo.
En la aldea había una muchacha que cantaba muy bien y hechizaba a todos con su voz.
El niño pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada del mundo!”.
El niño fue a la cueva y gritó el nombre de la muchacha: “¡Magdalenka!”, pero tampoco así despertó al monstruo.
En la aldea había un abuelo y una abuela que llevaban muchos, muchos años casados. Tenían un montón de hijos y nietos.
El niño pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada del mundo!”.
El niño fue a la cueva y gritó el nombre de los abuelos “¡Bozenka! ¡Venousek!”, pero ni con esas despertó al monstruo.
Al ver tantas personas amadas el niño se sintió como si dominara el mundo y se olvidó de la cueva.
Pero un día encontró a una mujer que lloraba sola en un lugar apartado de la aldea: “¡Mi hijo se ha perdido! ¡Se lo han llevado los duendes!”.
La mujer le contó llorando cuanto amaba a su hijo y le dijo su nombre.
El niño se quedó asombrado: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada en el mundo!”.
El niño se fue a la cueva y gritó bien fuerte su nombre.
La piedra se movió lentamente. Cuando el niño vio al monstruo…
Grush, Grush, ñam, ñam, grumpf, grumpf… ¡Glucks!
El niño más infeliz de la aldea habría dado lo que fuera para dominar el mundo.
El niño le preguntó a un anciano: “¿Cómo puedo despertar al monstruo?”. El anciano lo contestó: “Tienes que llamarlo por el nombre de la persona más amada en el mundo”.
Precisamente ese día había una boda en el pueblo. Todos cantaban y bailaban felices.
El niño vio a los novios y pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada en el mundo!”
El niño fue a la cueva y gritó: “¡Mazenka! ¡Pepîcek!”, pero aquello no despertó al monstruo.
En la aldea había un hombre muy fuerte al que todos admiraban.
El niño pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada del mundo!”.
El niño fue a la cueva y gritó el nombre del hombre: “¡Jiri!”, pero aquello tampoco despertó al monstruo.
En la aldea había una muchacha que cantaba muy bien y hechizaba a todos con su voz.
El niño pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada del mundo!”.
El niño fue a la cueva y gritó el nombre de la muchacha: “¡Magdalenka!”, pero tampoco así despertó al monstruo.
En la aldea había un abuelo y una abuela que llevaban muchos, muchos años casados. Tenían un montón de hijos y nietos.
El niño pensó: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada del mundo!”.
El niño fue a la cueva y gritó el nombre de los abuelos “¡Bozenka! ¡Venousek!”, pero ni con esas despertó al monstruo.
Al ver tantas personas amadas el niño se sintió como si dominara el mundo y se olvidó de la cueva.
Pero un día encontró a una mujer que lloraba sola en un lugar apartado de la aldea: “¡Mi hijo se ha perdido! ¡Se lo han llevado los duendes!”.
La mujer le contó llorando cuanto amaba a su hijo y le dijo su nombre.
El niño se quedó asombrado: “¡Ahora ya sé quién es la persona más amada en el mundo!”.
El niño se fue a la cueva y gritó bien fuerte su nombre.
La piedra se movió lentamente. Cuando el niño vio al monstruo…
Grush, Grush, ñam, ñam, grumpf, grumpf… ¡Glucks!
lunes, 16 de diciembre de 2013
- Ya sé, hagamos un trato -dijo el Diablo.
- No, no y no, no quiero -dijo el hombre de los ojos saltones.
- Vale, hagamos un trato -dijo el hombre de la boca grande.
Y en un santiamén, en el jardín del hombre de la boca grande florecieron mil flores distintas.
El hombre de los ojos saltones era tan pobre que se moría de hambre y ya no sabía qué hacer. En cambio, el hombre de la boca grande se pasaba los días riendo, feliz y contento y saciaba su apetito con las deliciosas frutas de su jardín.
Por eso, no sé percató de que el jardín empezaba a morirse. Cuando quiso darse cuenta, ya era tarde y el hombre de la boca grande no pudo hacer más que sollozar en un jardín cuyos árboles y flores estaban marchitos. Deseó no haber pactado jamás con el Diablo. El hombre de los ojos saltones, por su parte, se moría de hambre. Sus enormes ojos vertían lagrimones sin descanso. Ojalá hubiese aceptado aquel trato -pensaba.
Ya sé, hagamos un trato -dijo el Diablillo.

martes, 10 de diciembre de 2013
El Dios de la Paz está siempre ocupado. Apenas tiene tiempo de mirarse al espejo, se pasa el día tocando su trompeta. La trompeta del Dios de la Paz hace feliz a la gente.
El Dios de la Paz está siempre ocupado. Apenas tiene tiempo de mirarse al espejo, porque esparce un agua misteriosa. Del agua nacen verdes montañas que se pueblan de árboles y de hermosas flores.
El Dios de la Paz está siempre ocupado. Apenas tiene tiempo para mirarse al espejo, en vez de eso le pone nombre a la gente.
- “Tú te llamarás es Otto.”
- “Tú te llamarás Hans.
- “Tú Tomas.”
- “Y tú serás… ¡Johan!”.
Para darle las gracias al Dios, Johan le regala su sombrero. El Dios de la Paz está muy contento, quiere ver cómo le sienta el sombrero y por primera vez se mira en un espejo.
Pero lo que ve en el espejo es el diablo. Y el diablo del espejo le dice: - “Tú eres yo... y yo soy tú”. - “¿Qué voy a hacer ahora? - se pregunta. "Este diablo no dejará en paz a la gente! ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer ahora?”
¿Quieren saber qué pasó con el dios de la paz?...
Yo se lo que pasó...
martes, 3 de diciembre de 2013
Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano vivía un monstruo sin nombre. El monstruo deseaba un nombre. Y lo deseaba tanto que apenas podía pensar en nada más. Un día el monstruo emprendió un viaje para buscar el nombre que tanto anhelaba. Pero el mundo es demasiado grande. Y por ello el monstruo decidió dividirse en dos. Una mitad se fue al este. Y la otra, hacia el oeste.
La mitad del monstruo que había ido al este encontró pronto una aldea
- Oye herrero, quiero que me des tu nombre -lanzó el monstruo
- ¿Pero qué tonterías dices? No pienso dártelo -replicó el herrero, incrédulo.
- Si me das tu nombre, me introduciré en tu cuerpo y te otorgaré toda la fuerza que te falta -prometió el monstruo.
- ¿En serio? Bueno, pues si de veras vas a hacerme más fuerte, adelante es tuyo- respondió el herrero.
Entonces el monstruo se introdujo en el cuerpo del hombre.
A partir de ese momento el monstruo se convirtió en Otto el herrero.
Otto era el más fuerte de la aldea, sin embargo un día…
- Mírame… mírame… ¡Mira qué grande se ha hecho el monstruo en mi interior!
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
El monstruo que tenía mucha hambre se había ido comiendo al herrero hasta acabar con él. Y así fue cómo se quedó otra vez sin nombre.
Al poco tiempo, lo intentó con un zapatero llamado Hans.
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
Al comérselo volvió a quedarse sin nombre.
Lo intentó también con un cazador llamado Thomas, pero…
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
Como era de esperar se lo comió también y volvió a quedarse sin nombre.
Al final, el monstruo decidió buscar un nombre en el interior del castillo.
- Si me das tu nombre, pequeño, yo te haré tan fuerte como un roble -le dijo el monstruo al príncipe del castillo.
- Si logras que me recupere y me hace un niño sano y fuerte, mi nombre es tuyo -replicó el príncipe enfermo.
Y así fue cómo el monstruo se introdujo en el interior del príncipe.
Y éste se curó milagrosamente.
El Rey estaba de lo más contento.
- ¡El príncipe se ha curado! ¡El príncipe se ha curado! -se regocijaron todos.
Al monstruo le gustó el nombre dle príncipe. Y la vida en el castillo le gustó también. Por eso, y aunque se moría de hambre, hizo esfuerzos por contenerse.
Un día tras otro, cuando le acechaba el hambre se contenía y esperaba paciente a que pasara.
Pero un día el hambre era tan acuciante que el monstruo no pudo más…
- Mírame… mírame… ¡Mira qué grande se ha hecho el monstruo en mi interior!
Y entonces se comió al Rey y a toda la corte de una sentada.
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
Un día el principito huérfano se encontró a la mitad del monstruo que había ido hacia el oeste.
- Ya tengo nombre. ¿Sabes? Un nombre muy bonito.
El monstruo que había ido hacia el oeste le dijo:
- ¿Para qué sirve un nombre? Sin nombre también se puede ser feliz. Mírame a mí, soy un monstruo sin nombre.
Y entonces el príncipe se comió al monstruo del oeste. Pero se sintió muy, muy triste:
Cuando por fin había conseguido un nombre…
- …no queda nadie que me llame para recordármelo… con lo bonito que es mi nombre… Johan..
La mitad del monstruo que había ido al este encontró pronto una aldea
- Oye herrero, quiero que me des tu nombre -lanzó el monstruo
- ¿Pero qué tonterías dices? No pienso dártelo -replicó el herrero, incrédulo.
- Si me das tu nombre, me introduciré en tu cuerpo y te otorgaré toda la fuerza que te falta -prometió el monstruo.
- ¿En serio? Bueno, pues si de veras vas a hacerme más fuerte, adelante es tuyo- respondió el herrero.
Entonces el monstruo se introdujo en el cuerpo del hombre.
A partir de ese momento el monstruo se convirtió en Otto el herrero.
Otto era el más fuerte de la aldea, sin embargo un día…
- Mírame… mírame… ¡Mira qué grande se ha hecho el monstruo en mi interior!
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
El monstruo que tenía mucha hambre se había ido comiendo al herrero hasta acabar con él. Y así fue cómo se quedó otra vez sin nombre.
Al poco tiempo, lo intentó con un zapatero llamado Hans.
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
Al comérselo volvió a quedarse sin nombre.
Lo intentó también con un cazador llamado Thomas, pero…
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
Como era de esperar se lo comió también y volvió a quedarse sin nombre.
Al final, el monstruo decidió buscar un nombre en el interior del castillo.
- Si me das tu nombre, pequeño, yo te haré tan fuerte como un roble -le dijo el monstruo al príncipe del castillo.
- Si logras que me recupere y me hace un niño sano y fuerte, mi nombre es tuyo -replicó el príncipe enfermo.
Y así fue cómo el monstruo se introdujo en el interior del príncipe.
Y éste se curó milagrosamente.
El Rey estaba de lo más contento.
- ¡El príncipe se ha curado! ¡El príncipe se ha curado! -se regocijaron todos.
Al monstruo le gustó el nombre dle príncipe. Y la vida en el castillo le gustó también. Por eso, y aunque se moría de hambre, hizo esfuerzos por contenerse.
Un día tras otro, cuando le acechaba el hambre se contenía y esperaba paciente a que pasara.
Pero un día el hambre era tan acuciante que el monstruo no pudo más…
- Mírame… mírame… ¡Mira qué grande se ha hecho el monstruo en mi interior!
Y entonces se comió al Rey y a toda la corte de una sentada.
Grush, grush, ñam, ñam, gruupmf, grumpf..¡plaf!
Un día el principito huérfano se encontró a la mitad del monstruo que había ido hacia el oeste.
- Ya tengo nombre. ¿Sabes? Un nombre muy bonito.
El monstruo que había ido hacia el oeste le dijo:
- ¿Para qué sirve un nombre? Sin nombre también se puede ser feliz. Mírame a mí, soy un monstruo sin nombre.
Y entonces el príncipe se comió al monstruo del oeste. Pero se sintió muy, muy triste:
Cuando por fin había conseguido un nombre…
- …no queda nadie que me llame para recordármelo… con lo bonito que es mi nombre… Johan..
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