jueves, 9 de enero de 2014

Tanzan Y Ekido iban un día por un camino embarrado. Caía una fuerte lluvia. Al llegar a un recondo, se encontraron a una joven encantadora con kimono y faja de seda, que no podía atravesar el cruce. 

“Vamos, muchacha”, dijo Tanzan enseguida, y alzándola en brazos la pasó. 

Ekido no volvió a hablar hasta la noche, cuando llegaron a alojarse en un templo. Entonces no pudo contenerse más. “Nosotros los monjes, no debemos acercarnos a las mujeres”, le dijo a Tanzan, “especialmente a las jóvenes y bonitas. Es peligroso. ¿Por que hizo usted eso?”. 

“Yo dejé a la chica allá atrás”, dijo Tanzan. “¿Usted todavía la está cargando?”. 

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